lunes, 29 de diciembre de 2014

Los niños de la guerra

Por Yulia Malkina


Dicen que las bombas no caen dos veces en el mismo lugar. Pero eso no es verdad.

El barrio de Petrovsky es uno de los suburbios de Donetsk habitados por mineros del carbón y sus familias y es también uno de los distritos más afectados por los bombardeos y por la artillería ucraniana de los últimos meses. Miro alrededor, buscando un edificio sin impactos de bombas, pero no encuentro ninguno. Veo tiendas destruidas, vallas destrozadas, tejados atravesados por proyectiles, ventanas contrachapadas y calles desiertas. La población local sigue viviendo en refugios.


El aire del refugio es húmedo y huele a moho. El moho penetra en todas partes de esas precarias paredes y poco a poco va destruyéndolo todo. Los camastros están alineados cerca los unos de los otros, las paredes están rajadas y una luz pestañea en el techo. 52 personas, niños entre ellas, han vivido aquí durante medio año.

Se nota la presencia de niños. Hay pequeñas sandalias verdes y juguetes tirados por el suelo e inscripciones como “Julia+Sabina=amigas” por las paredes. En la vida antes de la guerra, esas inscripciones habrían estado en el suelo, en la pared o en la verja, o puede que en un tablón en el colegio. Pero estos niños no pueden ir al colegio. Solo recientemente, una vez que se anunciara el alto el fuego el 5 de septiembre, han podido salir de vez en cuando a respirar aire fresco. Antes de eso, solo los adultos más valientes podían salir para cocinar.

En el bloque adyacente hay 40 apartamentos. No era seguro para los residentes moverse por ahí, así que más de cien personas se atrincheraron en el sótano del edificio. No hay electricidad durante muchas horas del día, ni tampoco comunicación con el mundo exterior. Los residentes comentan que se esconden cuando escuchan disparos o explosiones. Están disgustados de que no haya un sistema de alarmas. Han construido hornos en el patio. En ellos preparan té y comida caliente para todos. Hoy ha llegado la primera ayuda humanitaria para ellos: harina, pasta, aceite de girasol y berza. Y todos se regocijan como niños recibiendo regalos de navidad porque se les ha acabado la comida y ya no hay trabajo para ellos. Su edificio ha sido alcanzado por los proyectiles en numerosas ocasiones.

Un batallón humanitario de Donetsk provee asistencia a aquellos que lo necesitan. Los teléfonos no paran de sonar en su centralita. Mujeres y chicas voluntarias cuentan historias de terror sobre cómo madres jóvenes con niños se quedaron atrapadas sin sus maridos ni otras formas de subsistencia. Durante semanas ni siquiera vieron pan. Indefensos, los discapacitados están muriendo de hambre.

El batallón trata de ayudar a los colectivos más vulnerables: quienes no tienen dónde ir o no pueden ir por sus propios medios a las colas en las que se recibe ayuda humanitaria proveniente de los convoyes. Los voluntarios describen también describen pequeños fraudes de quienes tratan de hacer trampas y conseguir comida gratis, aunque tienen formas de obtenerla por sus propios medios. “Parece que la guerra no ha enseñado una lección a todos”, dice Eugene, una joven chica rubia que añade, que “la gente ha cambiado a mejor. Se han hecho más amables y ahora hay más solidaridad”.

Hoy, a pesar del supuesto alto el fuego, hemos vuelto a oír fuertes explosiones en el distrito de Petrovsky en Donetsk. “Estamos tan cansados de la guerra, tan cansados de escondernos que ya no corremos a los refugios. Que pase lo que tenga que pasar”, comenta un anciano, casi llorando. En ese momento, una niña de unos diez años, vestida con una chaqueta rosa, le agarraba de la mano jugueteando.

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