jueves, 18 de junio de 2015

Basta de susurros

Os contaré un secreto, aunque muchos pueden haberlo adivinado ya: la guerra en Donbass está en pleno apogeo, aunque gran parte de la prensa, que ha recibido circulares e instrucciones desde arriba, continúe hablando  del “cumplimiento de los acuerdos de Minsk” o del “alto el fuego”, repitiendo el sinsentido de los políticos sobre la “Ucrania unida”.

Todo esto podría no ser nada –ya nos hemos acostumbrado a todas las mentiras–, pero
bajo esta lucha dialéctica hay algo terrible: día y noche, la muerte banderista llega a los hogares de Donetsk, Lugansk y otras ciudades de (la aparentemente inoportuna) Novorrusia –vuelan las bombas, llevándose a seres queridos. Este terrible documental no se proyecta en las salas de cine sino que arrasa con su infernal torbellino ante nuestra mirada: niños muertos, manos arrancadas a madres, abuelas enterradas bajo los escombros, cabezas cortadas por las afiladas cuchillas de la metralla…

Todo ello es la venganza de los Nazis ucranianos contra los residentes de Donbass, que, en un referéndum celebrado en mayo de 2014, se atrevieron a decir “¡No!” al golpe de Estado de Kiev y que decidieron ser independientes de los vampiros. Por esto, la Wehrmacht ucraniana desató su munición pesada, como los proyectiles de 152mm según el estándar de la OTAN, contra la población civil de Donbass. Esta munición se ha convertido en un “regalo” especial para los residentes de Donetsk: su submunición en forma de metralla y otros fragmentos quedan esparcidos por la tierra, cortando todo lo vivo a su paso…

Solo hay una cura para esta plaga: la milicia de Donbass debe responder a la agresión, destruir sus baterías de artillería y crear una zona de seguridad, castigar a los asesinos y criminales de guerra…Pero todo está congelado. Como si, de repente, se hubiera escuchado un grito de Moscú que prohíbe la ofensiva.

No quiero lanzar acusaciones de traición y demás, que han aparecido por toda la Runet [la comunidad de internet rusa-Ed], porque además no son ciertas; pero aun así, el pueblo de Novorrusia sigue teniendo prohibido responder al genocidio de la población rusófona, responder como sería de esperar en esta situación para salvar miles de vidas humanas por el bien de las generaciones futuras de hijos y nietos que aún están por nacer.

Esto es, para mí, lo peor de lo que está ocurriendo en Donbass. Dicen que hay en marcha un plan maestro, que la junta de Kiev, cargada de armas, toma, sin darse cuenta, medidas agresivas que, en el día D, se volverán en contra de esos líderes que odian a Rusia. Pero tengo muchas dudas.  No me importan todos esos comentaristas porque estoy sentado en Donetsk, escuchando las explosiones. En la casa en la que vivía en febrero, un impacto de mortero disparado por un grupo de sabotaje y reconocimiento ucraniano mató a un hombre que había salido a la ventana. Este hombre de Donetsk estaba viendo los cuentos de la tregua en la televisión por la tarde, decidió mirar al cielo y encontró su muerte…

La junta está llena de armas, personal militar estadounidense y una masa de mercenarios polacos y de habla inglesa. La junta es cada vez más insolente, tratando de evitar que los rusos vivan como rusos.

Los Nazis aún no han recibido ninguna respuesta. La esperamos, nos preparamos para ello, con las emociones y los nervios en un puño. Pero solo hasta que la muerte toca a alguien cercano. Y entonces este masoquismo obligado pierde todo el sentido, porque se nos impide ejercer nuestra responsabilidad de proteger a nuestra patria y el derecho a ir a la batalla, a morir por nuestra gente.

Es como si el tiempo en Donbass se hubiera congelado desde que Strelkov, que durante meses aguantó el avance ucraniano en Slavyansk, se retiró de allí. Ha habido suficiente tiempo para preparar las defensas y parece que los refuerzos son sólidos, pero no hay orden de actuar. Se realizan operaciones escondidas y localizadas, muchas veces con éxito, pero esto ya no es suficiente. De repente, parece que una guerra a medias conviene a los actores externos. Resulta que adherirse a un plan ideado por los manipuladores de la política oculta garantiza a Donbass apoyo militar y otros tipos de asistencia, pero no da el derecho de vivir sin guerra. ¿Corresponde esto a los intereses de Rusia, de Novorrusia, de la población de las localidades mineras de Donbass o de los pueblos cosacos del ejército del Don?

El rusófobo Poroshenko proclama abiertamente que ahoga a Donbass y, al mismo tiempo, tras una visita secreta de Surkov a Donetsk (si es que debemos creer a los blogueros sabelotodo), la prensa rusa ha informado de la posibilidad de “extender el descuento del gas ruso a Ucrania hasta finales de año”. ¿No han tenido suficiente? ¿Poroshenko canta en falsete que va a “librarse de la inyección de gas ruso” y ofrecen “galletas” a los nazis? ¿Arrojan perlas a los cerdos? ¿Para quién trabajan? ¿Escuchan a sus votantes o simplemente consideran los futuros presupuestos?

No debe de ser fácil para Eduard Basurin, portavoz del ejército de Donetsk, repetir, mes tras mes, las mismas exhaustas historias sobre la necesidad de “respetar los acuerdos de Minsk” mientras personas del mundo ruso son asesinadas cada día. Los clichés comienzan a ser nauseabundos. Pero no fue Donetsk quien creó esta disonancia cognitiva. ¿Quién creó esta fallida construcción que acaba con las vidas de Donbass y de la costa del mar de Azov?

El genocidio en Donbass prosigue según su especial y cínico escenario en el que el poder más oscuro se acumula, gracias a la falta de resistencia, preparándose para atacar nuevas fronteras. Jugando su papel de secundario, las acciones de Moscú, siempre reactivas, han llevado a su oponente a preparar nuevos escenarios. Transnistria, donde residen miles de ciudadanos rusos y donde las fuerzas de paz rusas, bloqueadas, se ven obligadas a aguantar la línea defensiva, está a un paso de la guerra. ¿Ha estado en combate alguna de esas figuras responsables de la apatía política; sabe lo que significa estar esperando un tiro por la espalda?

Rusia ha recibido un ultimátum: acceso libre a la frontera para las fuerzas ucranianas, que no esconden sus planes para Kuban, etc. Y si no, estrangularán Donetsk y Lugansk, culpando a Rusia de todos los pecados. Su principal pecado, apoyar a los subhumanos, animales, vatniks de Donbass… Ha comenzado una ofensiva contra Moscú desde las fronteras lejanas y Sodoma no va a parar. Pero, por algún motivo, en Moscú siguen pretendiendo que no es de su incumbencia y que no está ocurriendo nada terrible. ¿O solo me lo parece a mí?

Podemos escupir sobre las sanciones de Occidente e incluso en la locura del Mundial 2018, que solo es un agujero en el que tirar el dinero. Nada de eso importa para el resurgimiento de Rusia. Construiremos nuestra patria y pasaremos esa tarea a nuestros hijos y nietos, pero para ello es necesario salvar sus vidas, aplastando a la serpiente de la frontera occidental.  

¿Aún no han ablandado el corazón de quienes toman las decisiones las cenizas de los antifascistas quemados en Odessa o la sangre de los niños asesinados? 

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